Columna de Magdalena Balcells González, presidenta del Directorio de Empresa Portuaria Iquique
El comportamiento del precio del petróleo ha dejado de ser una variable exclusivamente energética para convertirse en un termómetro de las tensiones que atraviesan la economía global. El conflicto bélico en Medio Oriente ha configurado un escenario de alta volatilidad que, lejos de quedar en los titulares internacionales, impacta con fuerza en los puertos, en las grúas, en los camiones y en toda la cadena logística.
Desde nuestra perspectiva, este fenómeno adquiere una dimensión especialmente compleja. El puerto no opera en el vacío: es el punto de encuentro entre el comercio internacional y las particularidades logísticas del norte de Chile. Cuando el precio del crudo sube, las tarifas de flete entre Asia y la costa del Pacífico sudamericano también aumentan, presionando la competitividad frente a otros puertos de la macrozona. El efecto es directo: menor eficiencia en el flujo de mercancías, mayores costos operacionales y menor capacidad para atraer nuevas rutas.
La cadena de impacto es clara: el alza del petróleo incrementa los costos logísticos, estos presionan los costos de producción, elevan los precios finales y profundizan la incertidumbre, erosionando la eficiencia del sistema en su conjunto. Todo depende del petróleo: buques, grúas portuarias, camiones y canales de abastecimiento. No hay eslabón inmune.
A nivel local, el efecto se amplifica. Iquique no es solo un punto de entrada de mercancías, sino un eje logístico para la redistribución hacia Bolivia y el noroeste argentino. En este esquema, la Zona Franca cumple un rol clave como plataforma de almacenamiento y reexpedición. Sin embargo, cuando los costos logísticos aumentan, el modelo Zofri enfrenta tensiones reales: se encarece el abastecimiento, se reducen los márgenes y se debilita la competitividad frente a alternativas regionales.
Este sobrecosto no solo afecta el presente, también compromete el futuro. La viabilidad de inversiones, la apertura de nuevas rutas y la consolidación de Iquique como hub regional dependen de un entorno de costos predecible. La volatilidad del petróleo introduce incertidumbre y dificulta la planificación de largo plazo.
Lo que ocurre en Iquique no es un caso aislado. Es la expresión concreta de cómo los shocks globales se traducen en impactos locales. Avanzar hacia mayor eficiencia logística y diversificación energética no es solo deseable: es una necesidad estratégica para sostener la competitividad del norte de Chile en un escenario donde el precio del barril sigue marcando las reglas del comercio.


